Corazón de aire. Crónica de una expedición en verano

Por José José Ramírez Rodriguez

Nadie en el mundo imagina a temprana edad el poder de la naturaleza y la vida, más bien vivimos inmersos en la evolución que detesta el color verde, pero los años pasan, el intelecto en el ser humano cambia y la realidad se impone.
Esta historia no la encontré, más bien fui parte de ella, de un grupo de ejemplares de una misma especie, con ganas de comerse al mundo, de descubrirlo. La más reciente expedición de la que fue testigo la Estación Ecológica Gran Pierda, dio paso a la multidisciplinariedad, un encuentro de ciencias, por un mismo objetivo, estudiar y comprender lo maravilloso de esta pequeña parte de la geografía cubana.
El trabajo comienza con el alba, con ese clima variable, pero a la vez agradable de la zona, porque en La Gran Pierda, aunque sea verano, hace frío.
La primera experiencia de cada día es Freddy, en recorrido por la estación, el sonido de sus botas se graba, y luego lo ves con un garabato en la mano, él siempre es y será el primero en despertar, es el guía, el profesor, el padre de este grupo. Primera tarea, abrir redes de niebla, para el estudio y anillamiento de las aves que allí habitan. Nos dividimos en equipos con especialistas para ayudar en el proceso. Después retornamos a esperar, y bueno, por supuesto, nos tomamos un cafecito de primera hora.
Uno de los mejores sucesos de esta expedición es que no tuvo solo un objetivo, lo que la convirtió en única. Estaba Mariam, Karen y Miri, o el equipo mariposa, yo lo nombré así, por la pasión con la que esta familia estudia a estos pequeños y hermosos insectos. Mariam maneja muy bien el jamo, esa red para atrapar ejemplares y visualizarlos de cerca, y Miriela tiene un excelente ojo para buscarlas en la vegetación. Estaban con ellas Alexis y Pedro, que par de senderistas, increíble la forma en la que conocen la nomenclatura de distintas especies de diversos grupos y familias de animales.
El equipo Bioeco, diverso y unido, compuesto por mar, cielo y tierra. Allí está Flavia, la joven que nació para ser bióloga, sentada y lista, siempre a prueba a la hora de anillar, cuanta destreza. Diana, nuestra entomóloga, nunca antes vi a alguien con tanto ímpetu, la acompañé a colectar muestras y fue una de las mejores aventuras de mi vida. Luego está el excelente dúo a la hora de hacer un buen trabajo, Leira, que no le tiene miedo a nada, es apasionada a su profesión, y Oscar, definitivamente es el más enérgico del grupo. Todos biólogos, un equipo lleno de talento, seguridad y diversión.
Las montañas y senderos de la zona fueron testigos del estudio y registro de variedades que la biología agrupa. Las caminatas eran largas algunas veces, pero todo era tan especial, que las horas de la mañana pasaban muy rápido.
Otro de los objetivos cumplidos fue la fotonaturaleza, aquí no hubo dispersión, éramos todos en función de ello en horas de la tarde. Eran Freddy el diseñador, Raúl el arquitecto, Llush el biólogo y Camila la periodista, los más entusiastas. El Club de Observadores de Aves de Santiago de Cuba, reportó especies migratorias para la temporada. Eran varios ojos enfocados al aire.
La noche, destacada por ser una de las mejores partes de la jornada, era el espacio de intercambio de saberes y experiencias que se habían adquirido en el día, nos sentábamos en círculo, y siempre salían las risas, porque hacer senderismo no es nada fácil.
Así pasaron los días en equipo, mucho trabajo realizado con el mejor de los deseos. Nunca imaginé poder observar de cerca a una Caratcuba, a un Tocororo o a una Mariposa Tigre, ejemplares de inmensa belleza, rareza y valor.
La Gran Pierda, ubicada a 1110 metros sobre el nivel del mar, es un paraíso donde la brisa abunda, lugar donde este verano, un equipo de naturalistas, observaron, estudiaron, capturaron en lente el vuelo de las aves y las mariposas, porque así son y se describen, verde en las venas, y corazón de aire.

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